Ayer fue mi cita con G y me sentí un tonto. Fuimos al cine a ver esa mala y sobrestimada película que es ‘Una llamada perdida’, en lugar de ver la intensa y dramática ‘10000 A.C.’
Digo que me sentí un tonto porque no hay nada peor que ver una película floja en tu primera cita con una chica. La tienes ahí al costado, a menos de diez centímetros y, en vez de que la cinta propicie una atmósfera bajo la cual se justifique un abrazo furtivo, lo único que quieres es que la película acabe lo antes posible para largarse de ahí y reivindicarte ante ella invitándole a realizar otra actividad.
Digo que me sentí un tonto porque no hay nada peor que ver una película floja en tu primera cita con una chica. La tienes ahí al costado, a menos de diez centímetros y, en vez de que la cinta propicie una atmósfera bajo la cual se justifique un abrazo furtivo, lo único que quieres es que la película acabe lo antes posible para largarse de ahí y reivindicarte ante ella invitándole a realizar otra actividad.
Para que se entienda el sentido de este relato tendría que contar que a G la conocí hace pocos meses por amigos en común, pero recién hace unas semanas hablamos por Messenger.
Ella siempre me había parecido atractiva y buena onda, y esa tarde, mientras actualizaba mi vida en medio de esas frías ventanas del Messenger, no hice más que confirmar cada una de esas antiguas impresiones.
Fue aprovechando ese bonita conversación me armé de valor y la invité a salir. Confieso que me daba algo de vergüenza y miedo que me dijera que no podía, chantándome una excusa inverosímil del tipo "sorry, Agustín, pero es que justo es cumpleaños de mi madrina, que vive en Tangamandapio y ha venido a Lima por unos días".
Así que, para blindar mi orgullo y evitar una frenada en seco, recurrí a ese método tecnológico que nos ha solucionado la vida a los hombres tímidos: el Messenger. No hay pierde con esa modalidad, porque te haces invisible. Si una chica rechaza una invitación tuya, por lo menos no estarás allí presente, cara a cara, para disimular tu frustración con risitas y muecas nerviosas. Si ella te responde negativamente, pues le envías un mensaje que diga algo como "ok, flaca, fácil la próxima semana, hablamos, un beso", y listo: quedas recontra cool, como si no te importara el desaire, y te ahorras la exposición de tu cara de "puta, qué piña que soy".
Como los hombres necesitamos fortalecer todo el tiempo nuestro ego masculino llamé de inmediato a mi amigo Ivan para contarle con entusiasmo las novedades. Contra mis pronósticos amicales, el desalmado me pinchó el globo de la ilusión: "¿Vas a salir por primera vez con ella y la vas a llevar al cine? ¿O sea, van a pasar dos horas sin conversar? Uno va al cine a la tercera o cuarta salida; llévala a comer, no seas bestia".
Pero ya era tarde para cambiar de idea, así que tuve que desoír las buenas recomendaciones de Ivan y continuar con los planes cinéfilos.
Mientras caminábamos rumbo a la sala 8, pasamos por la confitería y le me pregunté qué quería comer. Yo comenté que no tenía mucha hambre y, astutamente, sugerí que compartiésemos un mismo pote de canchita. Detrás de ese inocente pedido, por supuesto, se escondía un tierno deseo adolescente: el deseo de que, una vez que estuviésemos a oscuras viendo la película, nuestras manos se cruzaran dentro del pote en su afán de recoger un puñado de pop corn, y pudiesen rozarse y eventualmente quedarse entrelazadas hasta el final de la función. Algo así de casual como el beso de la Dama y el Vagabundo.
La película, como dije, resultó un fiasco total. Muy bacán la idea de escuchar como mueres por medio del móvil, me produjo más risa que susto. No hubo una sola ocasión como para aprovechar el pánico y acurrucar a G, cogerle la pierna, rodearla con mi brazo o robarle un beso asustadizo. Nada.
A pesar de todas esas contrariedades, ir al cine fue una buena opción. El cine siempre es un terreno ideal para medir cuánto congenias con la chica que te acompañe. A mí, por ejemplo, me gusta sentarme en medio, entre la cuarta y sexta filas, y ayer la buena de G prefirió las últimas, no puse mayores objeciones al respecto.
Y aunque no converses durante las dos horas con la otra persona (como bien me recriminaba mi amigo Ivan), igual puedes conocer silenciosos detalles de su personalidad, como sus gustos cinéfilos al momento de los trailers (por ejemplo, si te dice para ir a ver la próxima película de Disney, estás jodido).
También puedes medir su sentido del respeto y de la prudencia (si apaga el teléfono o no, si te habla e interrumpe mientras proyectan la película o no, si bosteza, si se duerme, si se quita los zapatos). Y también puedes detectar sus niveles de sensibilidad artística luego de terminado el espectáculo: no es igual que te digan "me gustó la naturalidad de los diálogos, la propuesta narrativa del director y el casting de los actores" a que te digan "me ha dado hambre, ¿me invitas unos nuggets en el KFC?".
No he quedado con G en volver a salir, y no puedo negar que estoy entusiasmado. Me vale madres si ella lee este post y se enoja, pues no he escrito nada que no le haya dicho antes.
1 comentarios:
Hola ...soy Chimpandolfa...siempre es bueno leer tus relatos, me relajan en primer lugar, y en segundo; puedo conocer una pizca del pensamiento masculino xD... solo una pizca...pues supongo q no nos das todo en bandeja d plata xD.
bueno los mas sinceros saludos d una fan anonima.Chaufa
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