A veces pienso que las mujeres están entrenadas para mentir. Que lo hacen con una naturalidad que los hombres nunca alcanzaremos a desarrollar. Los hombres somos más torpes, más vehementes, más evidentes. Nos olvidamos de borrar las huellas después de cometer el crimen. Las mujeres no. Ellas planean, mienten y sobreactúan sus argumentos de una manera casi profesional (y quizá por eso las telenovelas tienen en el auditorio femenino a su público más cautivo).
Esta semana le comenté esa teoría a M, una chica con la que salí hace un tiempo (y que, dicho sea de paso, me parece lindísima). Creí que iba a rebatir mi tesis, tildándome de machista, pero –-contra todo pronóstico-– no solo no la discutió, sino que la reafirmó con razones increíblemente poderosas. “Es cierto. Las mujeres tenemos más facilidad para mentir. Es como si estuviera en los genes. Yo, por ejemplo, podría dar clases”, me confesó, dejándome en un estado de angustiosa chiripiolca ('¿cuántas mentiras me habrá dicho cuando salíamos?', pensé torturadamente mientras la escuchaba).
No sé si el vicio sea genético, como afirma M. Creo que es más bien cultural, pues hay toda una gama de prácticas, actividades y costumbres de las mujeres que, ya desde niñas, las llevan a ejercitarse ––como si fuese un juego–– en el peligroso arte del engaño, llegando a convertirse con el tiempo en insuperables escamoteadoras de la verdad.
Pienso en el maquillaje, por ejemplo. Desde los 10 años las niñas empiezan a jugar con el maquillaje de mamá. Y yo me pregunto: ¿no es acaso el maquillaje una manera de disfrazar la realidad, de alterarla, disimularla, imponer otra apariencia? Es más, el nombre de uno de estos artilugios epidérmicos se llama sombras, nombre que tiene una connotación ciertamente oscura: la sombra oculta, tapa, encubre, no deja ver.
Además, maquillarse no es un pasatiempo banal: es una tarea minuciosa para la cual ellas disponen de todo un andamiaje, de un teatrín denominado graciosamente ‘tocador’, donde se desordenan los lápices de colores, los rímeles, las cremas y pomadas: insumos con que se falsifica una cara.
Las adolescentes mienten, además, cuando en una fiesta las sacas a bailar y buscan un pretexto para decirte que no. En lugar de ser francas y reconocer que no les gustas (y corresponder así al gesto sincero y transparente de haberlas elegido como pareja momentánea), ellas apelan a las mentiras: “es que estoy cansada”, “es que estoy con enamorado”, o la peor: “es que estoy con mi amiga”. Ja. Claro, qué sacrificadas que son. Pero basta que las invite a bailar un tipo guapo y grandote y ellas acceden y les importa un bledo dejar a la amiga parada durante cuatro horas. Y lo más trágico es que lo hacen en tu cara, un segundo después de haberse negado a bailar contigo.
La bonita M me puso un ejemplo con el que los hombres deberíamos tener mucho cuidado. Ves que hay un tipejo por ahí rondando a tu enamorada, y tú –intuyendo que hay un peligroso coqueteo entre los dos– vas, la encaras y le preguntas por él. Ojo, con esta situación típica pues pareciera que las mujeres han convenido en darnos una respuesta prefabricada, a la manera de un molde: “Ay, pero cómo se te ocurre, no seas tontito. Él es mi patasa y, además, tiene enamorada”. También esténse alertas por si reciben el argumento de repuesto: “nada que ver, oye, él es solo un amigo, y para que estés tranquilo todo el mundo rumorea que es gay”. ¿Gay? Ja–ja–ja. ¡Gay las pelotas! Esa es una triquiñuela más que las féminas usan para distraernos de nuestro rol fiscalizador.
¡No es posible que la mayoría de mujeres actúe igual! A veces me da por creer que ellas confabulan contra nosotros, reuniéndose clandestinamente durante las madrugadas en algunos sótanos, pactando nuevas estrategias para someternos y hacernos sufrir, o compartiendo secretos y fabricando pócimas.
Por eso no es raro que la brujería sea básicamente un asunto de mujeres. Y no es raro que las canciones asociadas con mentiras estén básicamente dirigidas a ellas. Y por eso Pinocho ha sido el gran error de la literatura infantil. Todo bien con Yepeto, el viejo carpintero que lo creó, pero Pinocho, ¡¡debió ser niña, eso está clarísimo!! Es más, creo que dentro de cada mujer hay un Pinocho dispuesto a salir del closet. Tendría todo el sentido del mundo: así sería más fácil entender por qué son las mujeres las que se operan la nariz: no porque no puedan respirar ni porque tengan el tabique desviado. Esas son pamplinas. ¡Se las operan para que no les crezca!
Y si hablamos de reencauches faciales, tendríamos que coincidir en que la cirugía estética es la gran mentira moderna de las mujeres. Tetas y nalgas con siliconas. Por Dios. ¿En qué momento pasó? Ahora dicen que hasta las quinceañeras, en lugar de celebrar su fiesta y bailar el vals como antaño, piden de regalo un par de teteras recargadas (o lo que vendría a llamarse un nuevo 'jueguito de té’).
Si antes la cirugía era solo correctiva (para las viejas que querían borronear las patas de gallo y estirarse las arrugas de la frente y el mentón), ahora la cirugía es una obsesión de casi todas las señoritas, que modifican la naturaleza con un empacho y un cuajo sin precedentes.
Cómo no va a estar el género femenino habituado a mentir, entonces, si los cuerpos de muchas de sus integrantes son en el fondo una mentira, un espejismo, un invento (Maju Mantilla me parece una diosa, pero sus fotos de jovencita la delatan con roche).
Pero en fin, haciendo una concesión, uno podría aceptar las siliconas en nombre de la autoestima de las mujeres (aunque esa excusa no me la trago del todo); pero lo que sí encuentro verdaderamente insoportable son esas almohaditas de esponja que se ponen algunas chicas para levantarse las tetas y llevar el poto afirmado. Qué huachafería. Es como si los hombres nos colocásemos un par de medias de fútbol dentro del calzoncillo para hacer bulto y aparentar la posesión de un miembro genital de proporciones mitológicas. ¿No es estúpido?
A cada una de esas esponjas miserables ellas le dicen delicadamente push up, pero no son otra cosa que una burda mentira más. Si quieren tener medidas más turgentes y verse más voluptuosas, pues inviertan su plata y opérense, pero no nos engañen así. Porque a la hora de los loros, en el ring de las cuatro perillas, no hay push up que se mantenga. Llega el obligado momento del calateo y -–¡juá!–- toda la bonita estantería se viene abajo de golpe. Uno ve el espectáculo del desmoronamiento y se deprime en el acto. Es mejor saber de antemano dónde está cada cosa, con su peso y medida oficiales, para luego evitar penosos decaimientos que arruinen la velada.
Y ustedes. ¿Qué opinan?
viernes, 16 de mayo de 2008
lunes, 12 de mayo de 2008
I Love Messenger :)
El Chat siempre ha representado para mí un territorio para coquetear, no para enamorarme. Lo que me gusta del ‘messenger’ es que permite que uno se dé licencias ventajosas que, cara a cara, jamás se daría. Para los hombres tímidos como yo, no hay plataforma más recomendable, ni aliado más incondicional, ni invento más revolucionario que el Chat.
Si se conecta una chica que te gusta, la saludas galantemente, le pones un par de emoticones sensibles (recomiendo la carita amarilla que guiña el ojo, o la carita que se abochorna) y te anotas un puntazo con ella. Y si encima la haces reír (si logras que te escriba varios “jaajaja”), no habrá quién te detenga. No pararás hasta salir con ella.
Por Chat puedes dejar de reprimirte, puedes ahogar tus miedos, tus vergüenzas, e interpretar a otro hombre: uno más avezado, más seductor, más listillo, aplomado y divertido.
También puedes hacer un generoso marketing de ti mismo, colocando la foto que mejor te haga quedar ante los demás. Ese es un éxito tecnológico que los chicos de cara anodina agradecemos con el corazón en la mano. Nunca antes pudimos elegir nuestras fotos públicas: siempre, para cualquier trámite, dependíamos de fotógrafos malhumorados, empecinados en retratarnos como si fuésemos sus enemigos o sus acreedores. En el DNI, en los carnet´s, en la boleta militar. ¡Joder! No ha habido en todos estos años una sola foto en la que haya salido con una expresión decente. Siempre la misma sonrisita nerviosa de medio lado, los ojos estáticos de huevo frito, la mueca de ganso estreñido. Siempre el cuello duro, los hombros rígidos, el mentón chueco, y el pelo desacomodado, cepillado al vuelo con esos peines negros y mugrositos que comparten todos los clientes en las trastiendas de los locales de ‘Foto al Minuto’.
¡En el Messenger, en cambio, no! ¡Ahí por fin se acabó la tiranía de la fealdad! Capturas la foto de ti mismo que más te guste (una en la que se destaque tu ángulo menos cuestionable), la editas, le disimulas las impurezas, la recortas, la estampas en el cuadradito correspondiente y luego te sientas a esperar. No faltará una cándida que se enternezca y te escriba: “ay, sales lindo”. Y tú –cínico hasta la pared de enfrente– le contestarás: “¿te parece? Y eso que estaba con gripe”.
También disfruto el momento en el que te arriesgas formulándole a una chica una propuesta indecente. Redactas la frase pendenciera, aprietas rápidamente ‘enter’ y luego sueltas el teclado como si te quemara la yema de los dedos. Un pequeño peón verde ubicado en un extremo de la ventana te hará saber que tu interlocutora está escribiendo el mensaje de vuelta. Tú palideces de nervios durante los segundos que ella invierte en contestarte. Son segundos tortuosos, tensos, pero de mucha adrenalina y suspenso. Por un instante te arrepientes, pero ya no hay marcha atrás. Al final solo pueden ocurrir dos cosas: o acepta tu sucia propuesta, o te manda al diablo y te destierra de por vida de su lista de contactos.
Qué más da. La travesura está hecha. Y todo gracias al Chat. En vivo y en directo, esa misma insinuación te habría valido o bien una cachetada o bien un carterazo.
Ese siempre ha sido el fin utilitario que le he dado al ‘Messenger’. Me he acostumbrado a verlo como un juego, un pasatiempo electrónico, un ‘pinball’ de relaciones interpersonales. Nunca me ha gustado incurrir en charlas afectivas muy profundas o densas, porque, como ya dije, no concibo los enamoramientos virtuales, en donde los protagonistas están unidos por el misterio de un cable invisible, y no pueden besarse, ni sonreírse, ni oír sus voces, ni tocar su piel.
Alguien podría salir y decirme que el lenguaje puede llegar a ser más confiable y afrodisíaco que los sentidos. Sin embargo, yo veo que en esos ‘romances’ por ‘messenger’ los cibernovios destruyen el lenguaje, con abreviaciones huecas del tipo “tqm”. ¿Se han dado cuenta de que ya nadie dice “te quiero” por Chat? Todos prefieren la pacharaca economía del “tqm”. Me pregunto cómo se dirá “te amo” en el futuro digital: “¿tam?”
Por eso y muchas cosas más. I Love Messenger.
Si se conecta una chica que te gusta, la saludas galantemente, le pones un par de emoticones sensibles (recomiendo la carita amarilla que guiña el ojo, o la carita que se abochorna) y te anotas un puntazo con ella. Y si encima la haces reír (si logras que te escriba varios “jaajaja”), no habrá quién te detenga. No pararás hasta salir con ella.
Por Chat puedes dejar de reprimirte, puedes ahogar tus miedos, tus vergüenzas, e interpretar a otro hombre: uno más avezado, más seductor, más listillo, aplomado y divertido.
También puedes hacer un generoso marketing de ti mismo, colocando la foto que mejor te haga quedar ante los demás. Ese es un éxito tecnológico que los chicos de cara anodina agradecemos con el corazón en la mano. Nunca antes pudimos elegir nuestras fotos públicas: siempre, para cualquier trámite, dependíamos de fotógrafos malhumorados, empecinados en retratarnos como si fuésemos sus enemigos o sus acreedores. En el DNI, en los carnet´s, en la boleta militar. ¡Joder! No ha habido en todos estos años una sola foto en la que haya salido con una expresión decente. Siempre la misma sonrisita nerviosa de medio lado, los ojos estáticos de huevo frito, la mueca de ganso estreñido. Siempre el cuello duro, los hombros rígidos, el mentón chueco, y el pelo desacomodado, cepillado al vuelo con esos peines negros y mugrositos que comparten todos los clientes en las trastiendas de los locales de ‘Foto al Minuto’.
¡En el Messenger, en cambio, no! ¡Ahí por fin se acabó la tiranía de la fealdad! Capturas la foto de ti mismo que más te guste (una en la que se destaque tu ángulo menos cuestionable), la editas, le disimulas las impurezas, la recortas, la estampas en el cuadradito correspondiente y luego te sientas a esperar. No faltará una cándida que se enternezca y te escriba: “ay, sales lindo”. Y tú –cínico hasta la pared de enfrente– le contestarás: “¿te parece? Y eso que estaba con gripe”.
También disfruto el momento en el que te arriesgas formulándole a una chica una propuesta indecente. Redactas la frase pendenciera, aprietas rápidamente ‘enter’ y luego sueltas el teclado como si te quemara la yema de los dedos. Un pequeño peón verde ubicado en un extremo de la ventana te hará saber que tu interlocutora está escribiendo el mensaje de vuelta. Tú palideces de nervios durante los segundos que ella invierte en contestarte. Son segundos tortuosos, tensos, pero de mucha adrenalina y suspenso. Por un instante te arrepientes, pero ya no hay marcha atrás. Al final solo pueden ocurrir dos cosas: o acepta tu sucia propuesta, o te manda al diablo y te destierra de por vida de su lista de contactos.
Qué más da. La travesura está hecha. Y todo gracias al Chat. En vivo y en directo, esa misma insinuación te habría valido o bien una cachetada o bien un carterazo.
Ese siempre ha sido el fin utilitario que le he dado al ‘Messenger’. Me he acostumbrado a verlo como un juego, un pasatiempo electrónico, un ‘pinball’ de relaciones interpersonales. Nunca me ha gustado incurrir en charlas afectivas muy profundas o densas, porque, como ya dije, no concibo los enamoramientos virtuales, en donde los protagonistas están unidos por el misterio de un cable invisible, y no pueden besarse, ni sonreírse, ni oír sus voces, ni tocar su piel.
Alguien podría salir y decirme que el lenguaje puede llegar a ser más confiable y afrodisíaco que los sentidos. Sin embargo, yo veo que en esos ‘romances’ por ‘messenger’ los cibernovios destruyen el lenguaje, con abreviaciones huecas del tipo “tqm”. ¿Se han dado cuenta de que ya nadie dice “te quiero” por Chat? Todos prefieren la pacharaca economía del “tqm”. Me pregunto cómo se dirá “te amo” en el futuro digital: “¿tam?”
Por eso y muchas cosas más. I Love Messenger.
jueves, 1 de mayo de 2008
Una cita de película
Ayer fue mi cita con G y me sentí un tonto. Fuimos al cine a ver esa mala y sobrestimada película que es ‘Una llamada perdida’, en lugar de ver la intensa y dramática ‘10000 A.C.’
Digo que me sentí un tonto porque no hay nada peor que ver una película floja en tu primera cita con una chica. La tienes ahí al costado, a menos de diez centímetros y, en vez de que la cinta propicie una atmósfera bajo la cual se justifique un abrazo furtivo, lo único que quieres es que la película acabe lo antes posible para largarse de ahí y reivindicarte ante ella invitándole a realizar otra actividad.
Digo que me sentí un tonto porque no hay nada peor que ver una película floja en tu primera cita con una chica. La tienes ahí al costado, a menos de diez centímetros y, en vez de que la cinta propicie una atmósfera bajo la cual se justifique un abrazo furtivo, lo único que quieres es que la película acabe lo antes posible para largarse de ahí y reivindicarte ante ella invitándole a realizar otra actividad.
Para que se entienda el sentido de este relato tendría que contar que a G la conocí hace pocos meses por amigos en común, pero recién hace unas semanas hablamos por Messenger.
Ella siempre me había parecido atractiva y buena onda, y esa tarde, mientras actualizaba mi vida en medio de esas frías ventanas del Messenger, no hice más que confirmar cada una de esas antiguas impresiones.
Fue aprovechando ese bonita conversación me armé de valor y la invité a salir. Confieso que me daba algo de vergüenza y miedo que me dijera que no podía, chantándome una excusa inverosímil del tipo "sorry, Agustín, pero es que justo es cumpleaños de mi madrina, que vive en Tangamandapio y ha venido a Lima por unos días".
Así que, para blindar mi orgullo y evitar una frenada en seco, recurrí a ese método tecnológico que nos ha solucionado la vida a los hombres tímidos: el Messenger. No hay pierde con esa modalidad, porque te haces invisible. Si una chica rechaza una invitación tuya, por lo menos no estarás allí presente, cara a cara, para disimular tu frustración con risitas y muecas nerviosas. Si ella te responde negativamente, pues le envías un mensaje que diga algo como "ok, flaca, fácil la próxima semana, hablamos, un beso", y listo: quedas recontra cool, como si no te importara el desaire, y te ahorras la exposición de tu cara de "puta, qué piña que soy".
Como los hombres necesitamos fortalecer todo el tiempo nuestro ego masculino llamé de inmediato a mi amigo Ivan para contarle con entusiasmo las novedades. Contra mis pronósticos amicales, el desalmado me pinchó el globo de la ilusión: "¿Vas a salir por primera vez con ella y la vas a llevar al cine? ¿O sea, van a pasar dos horas sin conversar? Uno va al cine a la tercera o cuarta salida; llévala a comer, no seas bestia".
Pero ya era tarde para cambiar de idea, así que tuve que desoír las buenas recomendaciones de Ivan y continuar con los planes cinéfilos.
Mientras caminábamos rumbo a la sala 8, pasamos por la confitería y le me pregunté qué quería comer. Yo comenté que no tenía mucha hambre y, astutamente, sugerí que compartiésemos un mismo pote de canchita. Detrás de ese inocente pedido, por supuesto, se escondía un tierno deseo adolescente: el deseo de que, una vez que estuviésemos a oscuras viendo la película, nuestras manos se cruzaran dentro del pote en su afán de recoger un puñado de pop corn, y pudiesen rozarse y eventualmente quedarse entrelazadas hasta el final de la función. Algo así de casual como el beso de la Dama y el Vagabundo.
La película, como dije, resultó un fiasco total. Muy bacán la idea de escuchar como mueres por medio del móvil, me produjo más risa que susto. No hubo una sola ocasión como para aprovechar el pánico y acurrucar a G, cogerle la pierna, rodearla con mi brazo o robarle un beso asustadizo. Nada.
A pesar de todas esas contrariedades, ir al cine fue una buena opción. El cine siempre es un terreno ideal para medir cuánto congenias con la chica que te acompañe. A mí, por ejemplo, me gusta sentarme en medio, entre la cuarta y sexta filas, y ayer la buena de G prefirió las últimas, no puse mayores objeciones al respecto.
Y aunque no converses durante las dos horas con la otra persona (como bien me recriminaba mi amigo Ivan), igual puedes conocer silenciosos detalles de su personalidad, como sus gustos cinéfilos al momento de los trailers (por ejemplo, si te dice para ir a ver la próxima película de Disney, estás jodido).
También puedes medir su sentido del respeto y de la prudencia (si apaga el teléfono o no, si te habla e interrumpe mientras proyectan la película o no, si bosteza, si se duerme, si se quita los zapatos). Y también puedes detectar sus niveles de sensibilidad artística luego de terminado el espectáculo: no es igual que te digan "me gustó la naturalidad de los diálogos, la propuesta narrativa del director y el casting de los actores" a que te digan "me ha dado hambre, ¿me invitas unos nuggets en el KFC?".
No he quedado con G en volver a salir, y no puedo negar que estoy entusiasmado. Me vale madres si ella lee este post y se enoja, pues no he escrito nada que no le haya dicho antes.
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