jueves, 8 de noviembre de 2007

Las ventajas de NO tener novia



¿Y si es un chasco esto de andar buscando novia tan airada e impúdicamente? ¿No estaré haciendo un papelón (más) y no me he dado cuenta? ¿Acaso ha variado en algo mi estatus sentimental desde que abrí este blog, hace exactamente una semana? ¿Será poco el lapso de siete días para medir mis avances, o será suficiente para comprobar mi impericia? No lo sé. Hoy, como notarán, estoy un poco inconforme y misógino. Si Ivan tiene sus arrebatos emocionales, yo bien puedo tener mis raptos antinovia; así que le voy a poner ‘pause’ a esta dudosa búsqueda y me voy a dedicar a cuestionarla.

Cuando uno está sin novia (como yo) puede ejercer sus manías a diestra y siniestra, sin necesidad de negociarlas. ¿Quieres pasarte la tarde jugando en la PC? ¿Quieres dedicar la mañana del sábado a ordenar tu colección de mp3 y la noche a carcajearte con El Especial del Humor? ¿Quieres irte con tus patas a tomar un par de cervezas? ¿Quieres encerrarte a leer o escribir sin interrupciones? ¿Quieres enchufarte el Walkman en las orejas y escuchar todos los tracks hasta quedarte dormido? ¡Pues hazlo! Hazlo, varón, sin culpas ni remordimientos. Hazlo impune e insaciablemente. Hazlo que nadie te llamará a jorobarte y decirte “Ay, flaco, vamos al cine, pues, mira que hace tiempo que no me llevas”. Hazlo que esta vez no oirás una voz gangosa gritándote al teléfono algo como “¿A qué hora vienes ah? Ya le vamos a cantar happy birthday a mi abuelita y tú ni te apareces, bien esto eres”. Hazlo, compadre, que nadie te aniquilará con un abusivo bombardeo de mensajitos de texto en los que se pueda leer un ultimátum de esta calaña: “acuérdate de que hoy tenemos la reunión de mis amigas del instituto. Pasa temprano por mí.

Cuando estás sin novia puedes vestirte como te dé la regalada gana. No habrá quien opine sobre tu atuendo con esas poco delicadas (y siempre dramatizadas) recriminaciones del tipo “¿Otra vez vas a salir con esa camisa vieja? ¡Es la tercera vez que te la pones en un mes!, ¡Encima, te queda grande!”, o “Ay, no, amor, estoy demasiado elegante para ti. ¿No tienes algo mejor? A ver, pues, póntelo si me quieres. No seas chinche. Mira que yo estoy toda linda y tú con esa chompita marrón del año de Ñangué” (¿a propósito, quién carajo se supone que es Ñangué?, ¿alguien sabe?).

Cuando estás sin novia puedes mirar a todas las chicas y salir continuamente de cacería. Puedes corretear colegialas, seducir a mujeres maduras y -lo mejor- mandarles correos electrónicos ‘casuales y espontáneos’ a tus ex. Si te provoca salir a bailar y no tienes con quién, no importa: puedes sumergirte en la pista de baile de algún bar oscuro y tumultuoso y desintegrarte, jubiloso, en medio de la multitud. Cuando no tienes novia puedes organizar tu agenda a la medida de tus tentaciones y tus necesidades. Puedes ahorrar o despilfarrar, indistintamente.

Puedes quedarte a dormir donde mejor te acomode. Puedes embriagarte sin tener que pensar en las excusas del día siguiente. Puedes burlarte de tus amigos pisados y pedirles a sus novias que te presenten amigas solteras para un flirteo ocasional. Cuando estás soltero abres la puerta de tu casa con una sonrisa Colgate y sales a la calle con la secreta convicción de que eres amo, dueño y dictador de tu futuro.

Sin embargo, cuando estás solo a veces también ocurre que te cansas de estarlo. Y entonces, como la buena bestia inconforme que eres, muy pronto echarás a perder todo lo ganado. Renegarás de tu suerte, creerás que eres un desgraciado y, arriesgando tu preciada independencia, te pondrás a buscar novia como si en eso se te fuera la vida. Si tienes algo de tino y autoestima, por lo menos lo harás en medio de la más absoluta discreción, como para que nadie se percate de tu asfixia. Pero te pondrás a buscarla con todos los aspavientos del caso y, en el colmo del trastorno, en el exceso de la necedad, hasta es posible que un día cualquiera -un viernes de noviembre, digamos- abras un blog en Internet para encontrarla.

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