A veces pienso que las mujeres están entrenadas para mentir. Que lo hacen con una naturalidad que los hombres nunca alcanzaremos a desarrollar. Los hombres somos más torpes, más vehementes, más evidentes. Nos olvidamos de borrar las huellas después de cometer el crimen. Las mujeres no. Ellas planean, mienten y sobreactúan sus argumentos de una manera casi profesional (y quizá por eso las telenovelas tienen en el auditorio femenino a su público más cautivo).
Esta semana le comenté esa teoría a M, una chica con la que salí hace un tiempo (y que, dicho sea de paso, me parece lindísima). Creí que iba a rebatir mi tesis, tildándome de machista, pero –-contra todo pronóstico-– no solo no la discutió, sino que la reafirmó con razones increíblemente poderosas. “Es cierto. Las mujeres tenemos más facilidad para mentir. Es como si estuviera en los genes. Yo, por ejemplo, podría dar clases”, me confesó, dejándome en un estado de angustiosa chiripiolca ('¿cuántas mentiras me habrá dicho cuando salíamos?', pensé torturadamente mientras la escuchaba).
No sé si el vicio sea genético, como afirma M. Creo que es más bien cultural, pues hay toda una gama de prácticas, actividades y costumbres de las mujeres que, ya desde niñas, las llevan a ejercitarse ––como si fuese un juego–– en el peligroso arte del engaño, llegando a convertirse con el tiempo en insuperables escamoteadoras de la verdad.
Pienso en el maquillaje, por ejemplo. Desde los 10 años las niñas empiezan a jugar con el maquillaje de mamá. Y yo me pregunto: ¿no es acaso el maquillaje una manera de disfrazar la realidad, de alterarla, disimularla, imponer otra apariencia? Es más, el nombre de uno de estos artilugios epidérmicos se llama sombras, nombre que tiene una connotación ciertamente oscura: la sombra oculta, tapa, encubre, no deja ver.
Además, maquillarse no es un pasatiempo banal: es una tarea minuciosa para la cual ellas disponen de todo un andamiaje, de un teatrín denominado graciosamente ‘tocador’, donde se desordenan los lápices de colores, los rímeles, las cremas y pomadas: insumos con que se falsifica una cara.
Las adolescentes mienten, además, cuando en una fiesta las sacas a bailar y buscan un pretexto para decirte que no. En lugar de ser francas y reconocer que no les gustas (y corresponder así al gesto sincero y transparente de haberlas elegido como pareja momentánea), ellas apelan a las mentiras: “es que estoy cansada”, “es que estoy con enamorado”, o la peor: “es que estoy con mi amiga”. Ja. Claro, qué sacrificadas que son. Pero basta que las invite a bailar un tipo guapo y grandote y ellas acceden y les importa un bledo dejar a la amiga parada durante cuatro horas. Y lo más trágico es que lo hacen en tu cara, un segundo después de haberse negado a bailar contigo.
La bonita M me puso un ejemplo con el que los hombres deberíamos tener mucho cuidado. Ves que hay un tipejo por ahí rondando a tu enamorada, y tú –intuyendo que hay un peligroso coqueteo entre los dos– vas, la encaras y le preguntas por él. Ojo, con esta situación típica pues pareciera que las mujeres han convenido en darnos una respuesta prefabricada, a la manera de un molde: “Ay, pero cómo se te ocurre, no seas tontito. Él es mi patasa y, además, tiene enamorada”. También esténse alertas por si reciben el argumento de repuesto: “nada que ver, oye, él es solo un amigo, y para que estés tranquilo todo el mundo rumorea que es gay”. ¿Gay? Ja–ja–ja. ¡Gay las pelotas! Esa es una triquiñuela más que las féminas usan para distraernos de nuestro rol fiscalizador.
¡No es posible que la mayoría de mujeres actúe igual! A veces me da por creer que ellas confabulan contra nosotros, reuniéndose clandestinamente durante las madrugadas en algunos sótanos, pactando nuevas estrategias para someternos y hacernos sufrir, o compartiendo secretos y fabricando pócimas.
Por eso no es raro que la brujería sea básicamente un asunto de mujeres. Y no es raro que las canciones asociadas con mentiras estén básicamente dirigidas a ellas. Y por eso Pinocho ha sido el gran error de la literatura infantil. Todo bien con Yepeto, el viejo carpintero que lo creó, pero Pinocho, ¡¡debió ser niña, eso está clarísimo!! Es más, creo que dentro de cada mujer hay un Pinocho dispuesto a salir del closet. Tendría todo el sentido del mundo: así sería más fácil entender por qué son las mujeres las que se operan la nariz: no porque no puedan respirar ni porque tengan el tabique desviado. Esas son pamplinas. ¡Se las operan para que no les crezca!
Y si hablamos de reencauches faciales, tendríamos que coincidir en que la cirugía estética es la gran mentira moderna de las mujeres. Tetas y nalgas con siliconas. Por Dios. ¿En qué momento pasó? Ahora dicen que hasta las quinceañeras, en lugar de celebrar su fiesta y bailar el vals como antaño, piden de regalo un par de teteras recargadas (o lo que vendría a llamarse un nuevo 'jueguito de té’).
Si antes la cirugía era solo correctiva (para las viejas que querían borronear las patas de gallo y estirarse las arrugas de la frente y el mentón), ahora la cirugía es una obsesión de casi todas las señoritas, que modifican la naturaleza con un empacho y un cuajo sin precedentes.
Cómo no va a estar el género femenino habituado a mentir, entonces, si los cuerpos de muchas de sus integrantes son en el fondo una mentira, un espejismo, un invento (Maju Mantilla me parece una diosa, pero sus fotos de jovencita la delatan con roche).
Pero en fin, haciendo una concesión, uno podría aceptar las siliconas en nombre de la autoestima de las mujeres (aunque esa excusa no me la trago del todo); pero lo que sí encuentro verdaderamente insoportable son esas almohaditas de esponja que se ponen algunas chicas para levantarse las tetas y llevar el poto afirmado. Qué huachafería. Es como si los hombres nos colocásemos un par de medias de fútbol dentro del calzoncillo para hacer bulto y aparentar la posesión de un miembro genital de proporciones mitológicas. ¿No es estúpido?
A cada una de esas esponjas miserables ellas le dicen delicadamente push up, pero no son otra cosa que una burda mentira más. Si quieren tener medidas más turgentes y verse más voluptuosas, pues inviertan su plata y opérense, pero no nos engañen así. Porque a la hora de los loros, en el ring de las cuatro perillas, no hay push up que se mantenga. Llega el obligado momento del calateo y -–¡juá!–- toda la bonita estantería se viene abajo de golpe. Uno ve el espectáculo del desmoronamiento y se deprime en el acto. Es mejor saber de antemano dónde está cada cosa, con su peso y medida oficiales, para luego evitar penosos decaimientos que arruinen la velada.
Y ustedes. ¿Qué opinan?
viernes, 16 de mayo de 2008
lunes, 12 de mayo de 2008
I Love Messenger :)
El Chat siempre ha representado para mí un territorio para coquetear, no para enamorarme. Lo que me gusta del ‘messenger’ es que permite que uno se dé licencias ventajosas que, cara a cara, jamás se daría. Para los hombres tímidos como yo, no hay plataforma más recomendable, ni aliado más incondicional, ni invento más revolucionario que el Chat.
Si se conecta una chica que te gusta, la saludas galantemente, le pones un par de emoticones sensibles (recomiendo la carita amarilla que guiña el ojo, o la carita que se abochorna) y te anotas un puntazo con ella. Y si encima la haces reír (si logras que te escriba varios “jaajaja”), no habrá quién te detenga. No pararás hasta salir con ella.
Por Chat puedes dejar de reprimirte, puedes ahogar tus miedos, tus vergüenzas, e interpretar a otro hombre: uno más avezado, más seductor, más listillo, aplomado y divertido.
También puedes hacer un generoso marketing de ti mismo, colocando la foto que mejor te haga quedar ante los demás. Ese es un éxito tecnológico que los chicos de cara anodina agradecemos con el corazón en la mano. Nunca antes pudimos elegir nuestras fotos públicas: siempre, para cualquier trámite, dependíamos de fotógrafos malhumorados, empecinados en retratarnos como si fuésemos sus enemigos o sus acreedores. En el DNI, en los carnet´s, en la boleta militar. ¡Joder! No ha habido en todos estos años una sola foto en la que haya salido con una expresión decente. Siempre la misma sonrisita nerviosa de medio lado, los ojos estáticos de huevo frito, la mueca de ganso estreñido. Siempre el cuello duro, los hombros rígidos, el mentón chueco, y el pelo desacomodado, cepillado al vuelo con esos peines negros y mugrositos que comparten todos los clientes en las trastiendas de los locales de ‘Foto al Minuto’.
¡En el Messenger, en cambio, no! ¡Ahí por fin se acabó la tiranía de la fealdad! Capturas la foto de ti mismo que más te guste (una en la que se destaque tu ángulo menos cuestionable), la editas, le disimulas las impurezas, la recortas, la estampas en el cuadradito correspondiente y luego te sientas a esperar. No faltará una cándida que se enternezca y te escriba: “ay, sales lindo”. Y tú –cínico hasta la pared de enfrente– le contestarás: “¿te parece? Y eso que estaba con gripe”.
También disfruto el momento en el que te arriesgas formulándole a una chica una propuesta indecente. Redactas la frase pendenciera, aprietas rápidamente ‘enter’ y luego sueltas el teclado como si te quemara la yema de los dedos. Un pequeño peón verde ubicado en un extremo de la ventana te hará saber que tu interlocutora está escribiendo el mensaje de vuelta. Tú palideces de nervios durante los segundos que ella invierte en contestarte. Son segundos tortuosos, tensos, pero de mucha adrenalina y suspenso. Por un instante te arrepientes, pero ya no hay marcha atrás. Al final solo pueden ocurrir dos cosas: o acepta tu sucia propuesta, o te manda al diablo y te destierra de por vida de su lista de contactos.
Qué más da. La travesura está hecha. Y todo gracias al Chat. En vivo y en directo, esa misma insinuación te habría valido o bien una cachetada o bien un carterazo.
Ese siempre ha sido el fin utilitario que le he dado al ‘Messenger’. Me he acostumbrado a verlo como un juego, un pasatiempo electrónico, un ‘pinball’ de relaciones interpersonales. Nunca me ha gustado incurrir en charlas afectivas muy profundas o densas, porque, como ya dije, no concibo los enamoramientos virtuales, en donde los protagonistas están unidos por el misterio de un cable invisible, y no pueden besarse, ni sonreírse, ni oír sus voces, ni tocar su piel.
Alguien podría salir y decirme que el lenguaje puede llegar a ser más confiable y afrodisíaco que los sentidos. Sin embargo, yo veo que en esos ‘romances’ por ‘messenger’ los cibernovios destruyen el lenguaje, con abreviaciones huecas del tipo “tqm”. ¿Se han dado cuenta de que ya nadie dice “te quiero” por Chat? Todos prefieren la pacharaca economía del “tqm”. Me pregunto cómo se dirá “te amo” en el futuro digital: “¿tam?”
Por eso y muchas cosas más. I Love Messenger.
Si se conecta una chica que te gusta, la saludas galantemente, le pones un par de emoticones sensibles (recomiendo la carita amarilla que guiña el ojo, o la carita que se abochorna) y te anotas un puntazo con ella. Y si encima la haces reír (si logras que te escriba varios “jaajaja”), no habrá quién te detenga. No pararás hasta salir con ella.
Por Chat puedes dejar de reprimirte, puedes ahogar tus miedos, tus vergüenzas, e interpretar a otro hombre: uno más avezado, más seductor, más listillo, aplomado y divertido.
También puedes hacer un generoso marketing de ti mismo, colocando la foto que mejor te haga quedar ante los demás. Ese es un éxito tecnológico que los chicos de cara anodina agradecemos con el corazón en la mano. Nunca antes pudimos elegir nuestras fotos públicas: siempre, para cualquier trámite, dependíamos de fotógrafos malhumorados, empecinados en retratarnos como si fuésemos sus enemigos o sus acreedores. En el DNI, en los carnet´s, en la boleta militar. ¡Joder! No ha habido en todos estos años una sola foto en la que haya salido con una expresión decente. Siempre la misma sonrisita nerviosa de medio lado, los ojos estáticos de huevo frito, la mueca de ganso estreñido. Siempre el cuello duro, los hombros rígidos, el mentón chueco, y el pelo desacomodado, cepillado al vuelo con esos peines negros y mugrositos que comparten todos los clientes en las trastiendas de los locales de ‘Foto al Minuto’.
¡En el Messenger, en cambio, no! ¡Ahí por fin se acabó la tiranía de la fealdad! Capturas la foto de ti mismo que más te guste (una en la que se destaque tu ángulo menos cuestionable), la editas, le disimulas las impurezas, la recortas, la estampas en el cuadradito correspondiente y luego te sientas a esperar. No faltará una cándida que se enternezca y te escriba: “ay, sales lindo”. Y tú –cínico hasta la pared de enfrente– le contestarás: “¿te parece? Y eso que estaba con gripe”.
También disfruto el momento en el que te arriesgas formulándole a una chica una propuesta indecente. Redactas la frase pendenciera, aprietas rápidamente ‘enter’ y luego sueltas el teclado como si te quemara la yema de los dedos. Un pequeño peón verde ubicado en un extremo de la ventana te hará saber que tu interlocutora está escribiendo el mensaje de vuelta. Tú palideces de nervios durante los segundos que ella invierte en contestarte. Son segundos tortuosos, tensos, pero de mucha adrenalina y suspenso. Por un instante te arrepientes, pero ya no hay marcha atrás. Al final solo pueden ocurrir dos cosas: o acepta tu sucia propuesta, o te manda al diablo y te destierra de por vida de su lista de contactos.
Qué más da. La travesura está hecha. Y todo gracias al Chat. En vivo y en directo, esa misma insinuación te habría valido o bien una cachetada o bien un carterazo.
Ese siempre ha sido el fin utilitario que le he dado al ‘Messenger’. Me he acostumbrado a verlo como un juego, un pasatiempo electrónico, un ‘pinball’ de relaciones interpersonales. Nunca me ha gustado incurrir en charlas afectivas muy profundas o densas, porque, como ya dije, no concibo los enamoramientos virtuales, en donde los protagonistas están unidos por el misterio de un cable invisible, y no pueden besarse, ni sonreírse, ni oír sus voces, ni tocar su piel.
Alguien podría salir y decirme que el lenguaje puede llegar a ser más confiable y afrodisíaco que los sentidos. Sin embargo, yo veo que en esos ‘romances’ por ‘messenger’ los cibernovios destruyen el lenguaje, con abreviaciones huecas del tipo “tqm”. ¿Se han dado cuenta de que ya nadie dice “te quiero” por Chat? Todos prefieren la pacharaca economía del “tqm”. Me pregunto cómo se dirá “te amo” en el futuro digital: “¿tam?”
Por eso y muchas cosas más. I Love Messenger.
jueves, 1 de mayo de 2008
Una cita de película
Ayer fue mi cita con G y me sentí un tonto. Fuimos al cine a ver esa mala y sobrestimada película que es ‘Una llamada perdida’, en lugar de ver la intensa y dramática ‘10000 A.C.’
Digo que me sentí un tonto porque no hay nada peor que ver una película floja en tu primera cita con una chica. La tienes ahí al costado, a menos de diez centímetros y, en vez de que la cinta propicie una atmósfera bajo la cual se justifique un abrazo furtivo, lo único que quieres es que la película acabe lo antes posible para largarse de ahí y reivindicarte ante ella invitándole a realizar otra actividad.
Digo que me sentí un tonto porque no hay nada peor que ver una película floja en tu primera cita con una chica. La tienes ahí al costado, a menos de diez centímetros y, en vez de que la cinta propicie una atmósfera bajo la cual se justifique un abrazo furtivo, lo único que quieres es que la película acabe lo antes posible para largarse de ahí y reivindicarte ante ella invitándole a realizar otra actividad.
Para que se entienda el sentido de este relato tendría que contar que a G la conocí hace pocos meses por amigos en común, pero recién hace unas semanas hablamos por Messenger.
Ella siempre me había parecido atractiva y buena onda, y esa tarde, mientras actualizaba mi vida en medio de esas frías ventanas del Messenger, no hice más que confirmar cada una de esas antiguas impresiones.
Fue aprovechando ese bonita conversación me armé de valor y la invité a salir. Confieso que me daba algo de vergüenza y miedo que me dijera que no podía, chantándome una excusa inverosímil del tipo "sorry, Agustín, pero es que justo es cumpleaños de mi madrina, que vive en Tangamandapio y ha venido a Lima por unos días".
Así que, para blindar mi orgullo y evitar una frenada en seco, recurrí a ese método tecnológico que nos ha solucionado la vida a los hombres tímidos: el Messenger. No hay pierde con esa modalidad, porque te haces invisible. Si una chica rechaza una invitación tuya, por lo menos no estarás allí presente, cara a cara, para disimular tu frustración con risitas y muecas nerviosas. Si ella te responde negativamente, pues le envías un mensaje que diga algo como "ok, flaca, fácil la próxima semana, hablamos, un beso", y listo: quedas recontra cool, como si no te importara el desaire, y te ahorras la exposición de tu cara de "puta, qué piña que soy".
Como los hombres necesitamos fortalecer todo el tiempo nuestro ego masculino llamé de inmediato a mi amigo Ivan para contarle con entusiasmo las novedades. Contra mis pronósticos amicales, el desalmado me pinchó el globo de la ilusión: "¿Vas a salir por primera vez con ella y la vas a llevar al cine? ¿O sea, van a pasar dos horas sin conversar? Uno va al cine a la tercera o cuarta salida; llévala a comer, no seas bestia".
Pero ya era tarde para cambiar de idea, así que tuve que desoír las buenas recomendaciones de Ivan y continuar con los planes cinéfilos.
Mientras caminábamos rumbo a la sala 8, pasamos por la confitería y le me pregunté qué quería comer. Yo comenté que no tenía mucha hambre y, astutamente, sugerí que compartiésemos un mismo pote de canchita. Detrás de ese inocente pedido, por supuesto, se escondía un tierno deseo adolescente: el deseo de que, una vez que estuviésemos a oscuras viendo la película, nuestras manos se cruzaran dentro del pote en su afán de recoger un puñado de pop corn, y pudiesen rozarse y eventualmente quedarse entrelazadas hasta el final de la función. Algo así de casual como el beso de la Dama y el Vagabundo.
La película, como dije, resultó un fiasco total. Muy bacán la idea de escuchar como mueres por medio del móvil, me produjo más risa que susto. No hubo una sola ocasión como para aprovechar el pánico y acurrucar a G, cogerle la pierna, rodearla con mi brazo o robarle un beso asustadizo. Nada.
A pesar de todas esas contrariedades, ir al cine fue una buena opción. El cine siempre es un terreno ideal para medir cuánto congenias con la chica que te acompañe. A mí, por ejemplo, me gusta sentarme en medio, entre la cuarta y sexta filas, y ayer la buena de G prefirió las últimas, no puse mayores objeciones al respecto.
Y aunque no converses durante las dos horas con la otra persona (como bien me recriminaba mi amigo Ivan), igual puedes conocer silenciosos detalles de su personalidad, como sus gustos cinéfilos al momento de los trailers (por ejemplo, si te dice para ir a ver la próxima película de Disney, estás jodido).
También puedes medir su sentido del respeto y de la prudencia (si apaga el teléfono o no, si te habla e interrumpe mientras proyectan la película o no, si bosteza, si se duerme, si se quita los zapatos). Y también puedes detectar sus niveles de sensibilidad artística luego de terminado el espectáculo: no es igual que te digan "me gustó la naturalidad de los diálogos, la propuesta narrativa del director y el casting de los actores" a que te digan "me ha dado hambre, ¿me invitas unos nuggets en el KFC?".
No he quedado con G en volver a salir, y no puedo negar que estoy entusiasmado. Me vale madres si ella lee este post y se enoja, pues no he escrito nada que no le haya dicho antes.
sábado, 10 de noviembre de 2007
Cuando no sabes cuando

Luego de un largo tiempo de no publicar ninguna entrada, en este mi blog; de algunas que otras dudas, miedos y ciertos paradigmas, resuelvo escribir este tema, que más creo yo habla de mi, de como soy, de como pienso y quizás la estupidez mas grande cometida en mi vida.
Es martes, a diferencia de otros días, este más que especial es un día para no olvidar. Al menos eso creo yo. No se como empezar, creo que empezare por el principio. Después de que algunos pensamientos dando vueltas en mi cabeza, decidí terminar de una buena vez con todo esto, que bien me conozco y se que no me es fácil disiparlo.
Hace poco tiempo, desde el I ciclo en CIBERTEC conozco a una chica que llamare "S", pues ella es una chica buena, inteligente, sencilla, divertida, simpática y buena onda, siempre hemos sido amigos (bueno e tratado de ser "amigo", no creo en la amistad entre un hombre y una mujer, no quiero entrar en detalles sobre eso), siempre hemos sido patas (se acerca más a nuestra relación). En mi fue surgiendo una serie de sentimientos, que nunca pensé sentirlos, me di cuenta ¡estoy enamorado!, ¡enamorado, no pues, y ahora!, no lo planee, simplemente se dio, creo que el enamorarse es querer, uno solo se enamora cuando encuentro de una persona única, de ver de manera perfecta a una persona imperfecta, creo que el querer se da de uno, que no importa si no es correspondido, busca la felicidad del otro. Luego de tener claras esas ideas, y de proveer que no lo podría guardar por mucho tiempo; por que no se puede fingir amor donde no lo hay, ni ocultarlo donde lo hay; de ser sincero conmigo y ser sincero con ella, decidí decírselo. Y claro, "oye, tu eres su amigo, ella esta en una relación estable (tiene enamorado), ella lo quiere, él lo quiere, no puedes interponer en eso, eso no esta bien, ella se merece respeto” dice mi Yo interior.
Sí o sí, se lo tenia que decir, ya anticipadamente estaba listo para lo que iba a escuchar, que muy dentro de mi no quería hacerlo, pero tenia que hacerlo para el bien mió. Fui a su casa, algo nervioso -no es tan fácil decirlo y peor aun sabiendo lo que le iba a decir-, llegue hasta su puerta, toque el timbre, ella bajo, nos saludamos, empezamos a conversar sobre cosas vagas, luego de unos minutos me senté cerca de su puerta y con la voz pausada y temblorosa le dije "S, tengo que decirte algo", ella simplemente, sin interés contesto "si dime", dentro de mi, empieza la duda y un miedo -es difícil estar delante de ella y decírselo-, empecé a bromear y reír (algo tan típico de mi), le digo: "lo que te voy a decir es..., por favor espero que me entiendas y no te molestes, se que estoy mal, esta mal, no es ético, y peor aun si es que viene de mi, considerándome tu 'tu amigo'; lo que empieza mal, obvio no tiene resultados buenos, espero y quiero que nuestra 'amistad' siga como antes, solo quiero ser sincero contigo, se que me entenderás, al menos eso espero, quitarme esto que me consume es lo único que quiero, que claro, soy yo el único culpable, ¿me vez como un tonto?, seguro que sí, sí yo también me veo así, pero así es, las cosas no siempre son como uno quiere, no espero ser correspondido, sino lo contrario, no vaciles en hacerlo, es tonto y lo sé, pero se lo que estoy haciendo", note en ella un gesto de curiosidad, miedo y asombro como nunca antes lo había notado.
Es momento de decírselo, no puedo, me cuesta, me da vergüenza, siento un leve temblor en mi, tomo fuerza y se lo digo "S, me enamore de ti", ¡¿QUÉ?! replico, alzando la voz y con un gesto de sorpresa, "sí, así es, como lo oyes, pero por favor di lo que quieras, imagino que vas a decir, se lo más directa posible, por mi no te preocupes, no importa, se que te sorprende todo esto, vengo a ti con el único propósito de ser sincero, y que seas sincera conmigo, créeme que ya me quite un gran peso de encima", "si, esta bien, esta bien que seas sincero, es mejor así", refuto, luego de quedar un momento en silencio, de preguntar algunas cosas y de la insistencia mía invitándola a que termine y acabe conmigo de una buena vez, "Agustín yo te veo como un amigo, no te podría ver como otra cosa" concluyo, "sí, eso es lo quería escuchar, gracias en verdad por ser sincera, así como lo fui yo”, le conteste. Le pedí que si quisiese fuese más fría, más mala (que masoquista), "lo siento Agustín no puedo ser mala, tu sabes como soy" respondió, solté un carcajada, ella también lo hizo, reímos juntos, ya la tensión se había ido, ya se dijo lo que se tenia que decir, yo me sentía bien, "espero que después de esto no cambies conmigo" le dije, "no, agus como crees, para nada, gracias también por ser sincero" replico, "no como crees gracias a ti, S Perú" reímos, nos dijimos unas que otras cosas sin importancia. Me despedí de ella, me fui caminando tranquilo, relajado, por que sabia que hice lo que tenia que hacer, miro la hora en el móvil es 10:10 pm., me voy rumbo a mi casa escuchando Rock N' Roll, y contento por haber hecho lo correcto (según yo).
Se que es muy paradójico todo esto, quizás lo mas estúpido que haya hecho en toda mi corta vida (lo vuelvo a reiterar), pero es así, por lo general uno se enamorado como un tonto, me enamore, estoy enamorado y seguiré enamorado, seguiré siendo igual con ella, el mismo ‘amigo’ que se muestra tal como es y quizas de vez en cuando comportarme como un colegial irresponsable e inmaduro. De todo esto espero que ella no cambie, se que esto no se relega de la noche a la mañana, pero tengo la certera convicción que pronto todo se disipará y quedara simplemente recuerdos sin sabores.
Es curioso: la gente te lee y te confunde. Te siguen pero luego te abandonan. Te alaban y te insultan. Te sobreestiman y te miran por encima del hombro. Te juzgan y te dejan ser. Te hacen sentir importante, pero en el fondo no eres más importante que ellos ni que nadie. Creen que te conocen, pero ignoran quién eres. Unos te tratan como ídolo, otros como payaso, pero ninguno sabe de qué material estás hecho.
Creo que alguna gente lee equivocadamente este blog y sospecha que detrás de él se encuentra el último bastión de la decencia y la ternura masculina. El último romántico de la comarca. El solitario representante de una especie varonil que, si no está desaparecida del todo, está en indudables vías de extinción. Y, claro, como yo no soy el Don Juan de Marco de Monterrico precisamente, es natural que se produzca algún que otro chasco entre cierto reducido público.
Termino esta entrada contento, por haber hecho lo que creía necesario y les dejo un video que le gusta a S, una vez se lo escuche cantar y creo que anima un poco este blog.
Grupo Cinco - Me enamore de ti y que.
jueves, 8 de noviembre de 2007
Las ventajas de NO tener novia

¿Y si es un chasco esto de andar buscando novia tan airada e impúdicamente? ¿No estaré haciendo un papelón (más) y no me he dado cuenta? ¿Acaso ha variado en algo mi estatus sentimental desde que abrí este blog, hace exactamente una semana? ¿Será poco el lapso de siete días para medir mis avances, o será suficiente para comprobar mi impericia? No lo sé. Hoy, como notarán, estoy un poco inconforme y misógino. Si Ivan tiene sus arrebatos emocionales, yo bien puedo tener mis raptos antinovia; así que le voy a poner ‘pause’ a esta dudosa búsqueda y me voy a dedicar a cuestionarla.
Cuando uno está sin novia (como yo) puede ejercer sus manías a diestra y siniestra, sin necesidad de negociarlas. ¿Quieres pasarte la tarde jugando en la PC? ¿Quieres dedicar la mañana del sábado a ordenar tu colección de mp3 y la noche a carcajearte con El Especial del Humor? ¿Quieres irte con tus patas a tomar un par de cervezas? ¿Quieres encerrarte a leer o escribir sin interrupciones? ¿Quieres enchufarte el Walkman en las orejas y escuchar todos los tracks hasta quedarte dormido? ¡Pues hazlo! Hazlo, varón, sin culpas ni remordimientos. Hazlo impune e insaciablemente. Hazlo que nadie te llamará a jorobarte y decirte “Ay, flaco, vamos al cine, pues, mira que hace tiempo que no me llevas”. Hazlo que esta vez no oirás una voz gangosa gritándote al teléfono algo como “¿A qué hora vienes ah? Ya le vamos a cantar happy birthday a mi abuelita y tú ni te apareces, bien esto eres”. Hazlo, compadre, que nadie te aniquilará con un abusivo bombardeo de mensajitos de texto en los que se pueda leer un ultimátum de esta calaña: “acuérdate de que hoy tenemos la reunión de mis amigas del instituto. Pasa temprano por mí.
Cuando estás sin novia puedes vestirte como te dé la regalada gana. No habrá quien opine sobre tu atuendo con esas poco delicadas (y siempre dramatizadas) recriminaciones del tipo “¿Otra vez vas a salir con esa camisa vieja? ¡Es la tercera vez que te la pones en un mes!, ¡Encima, te queda grande!”, o “Ay, no, amor, estoy demasiado elegante para ti. ¿No tienes algo mejor? A ver, pues, póntelo si me quieres. No seas chinche. Mira que yo estoy toda linda y tú con esa chompita marrón del año de Ñangué” (¿a propósito, quién carajo se supone que es Ñangué?, ¿alguien sabe?).
Cuando estás sin novia puedes mirar a todas las chicas y salir continuamente de cacería. Puedes corretear colegialas, seducir a mujeres maduras y -lo mejor- mandarles correos electrónicos ‘casuales y espontáneos’ a tus ex. Si te provoca salir a bailar y no tienes con quién, no importa: puedes sumergirte en la pista de baile de algún bar oscuro y tumultuoso y desintegrarte, jubiloso, en medio de la multitud. Cuando no tienes novia puedes organizar tu agenda a la medida de tus tentaciones y tus necesidades. Puedes ahorrar o despilfarrar, indistintamente.
Puedes quedarte a dormir donde mejor te acomode. Puedes embriagarte sin tener que pensar en las excusas del día siguiente. Puedes burlarte de tus amigos pisados y pedirles a sus novias que te presenten amigas solteras para un flirteo ocasional. Cuando estás soltero abres la puerta de tu casa con una sonrisa Colgate y sales a la calle con la secreta convicción de que eres amo, dueño y dictador de tu futuro.
Sin embargo, cuando estás solo a veces también ocurre que te cansas de estarlo. Y entonces, como la buena bestia inconforme que eres, muy pronto echarás a perder todo lo ganado. Renegarás de tu suerte, creerás que eres un desgraciado y, arriesgando tu preciada independencia, te pondrás a buscar novia como si en eso se te fuera la vida. Si tienes algo de tino y autoestima, por lo menos lo harás en medio de la más absoluta discreción, como para que nadie se percate de tu asfixia. Pero te pondrás a buscarla con todos los aspavientos del caso y, en el colmo del trastorno, en el exceso de la necedad, hasta es posible que un día cualquiera -un viernes de noviembre, digamos- abras un blog en Internet para encontrarla.
Sin Sentido
Dime si hay sentido,
guardar este amor reprimido,
en mi pensamiento
y en mi corazón.
Es ilógico todo esto
te amo o te quiero ¡No lo soporto!
me gustas o me obsesionas
siento que me sancionas. xD!
Es cruel mi destino
de amarte y no ser correspondido
como anhelo hablarte
y no dejar de amarte.
Escribo esto sin sentido,
solo pensando en lo vivido.
Si, es un poema tonto, de hecho es demasiado simple, a Yessica le agrado. Por ese motivo lo publico.
miércoles, 7 de noviembre de 2007
Las ventajas de tener novia
Cuando uno está con novia, la vida recupera algo de su decencia perdida. Los fines de semana, por ejemplo, ya no los inviertes en agarrarte a botellazos con tus amigos solteros en un bar de mala muerte, ni en acudir en mancha a una de esas discotecas en las que ves la noche pasar acodado en una barra.
Cuando estás con novia, exploras otras maneras de cuidar tu cuerpo: te aplicas un poco de su crema exfoliante y también de la humectante y, por qué no, hasta de la hidratante. Cuando estás con novia puedes organizar salidas en parejas, inacabables noches de ‘Charada’ y ‘Pictionary’ con amigos, y hasta es más divertido programar el típico viajecito a Canta o Lunahuaná.
Una novia te ayuda a vestirte mejor. Una novia te enseña a cocinar. Una novia te insiste para que ordenes tu cuarto, organices tu agenda, te afeites dos veces por semana. Con una novia –como dice Alberto Fuguet– puedes ir al cine a ver comedias románticas sin sentir culpa. Una novia hace que tu mamá deje de sospechar inmediatamente que eres gay, y si eres gay, una novia te permite dudarlo. Cuando estás con chica, dejas de mirar a todas las mujeres en la calle como un animal excitado y muerto de hambre, y solo observas a las más guapas con el rabillo del ojo. Cuando estás con novia, siempre tienes con quien bailar y eres la envidia de los solteros que se pasan la fiesta estáticos, maldiciéndote desde sus mesas.
Tener novia es tener alguien con quien comer helados y tomar capuchinos después del trabajo, universidad, instituto, etc. Es, desde luego, tener alguien con quien conversar sobre esas millones de cosas bonitas de las que tus amigos suelen burlarse. Con una novia puedes despertarte y sentir, ingenuamente, que nunca más estarás solo. Con una novia puedes pelearte sabiendo que en la reconciliación está el gusto. Yo no tengo novia. Y por todo eso estoy buscando una.
Cuando estás con novia, exploras otras maneras de cuidar tu cuerpo: te aplicas un poco de su crema exfoliante y también de la humectante y, por qué no, hasta de la hidratante. Cuando estás con novia puedes organizar salidas en parejas, inacabables noches de ‘Charada’ y ‘Pictionary’ con amigos, y hasta es más divertido programar el típico viajecito a Canta o Lunahuaná.
Una novia te ayuda a vestirte mejor. Una novia te enseña a cocinar. Una novia te insiste para que ordenes tu cuarto, organices tu agenda, te afeites dos veces por semana. Con una novia –como dice Alberto Fuguet– puedes ir al cine a ver comedias románticas sin sentir culpa. Una novia hace que tu mamá deje de sospechar inmediatamente que eres gay, y si eres gay, una novia te permite dudarlo. Cuando estás con chica, dejas de mirar a todas las mujeres en la calle como un animal excitado y muerto de hambre, y solo observas a las más guapas con el rabillo del ojo. Cuando estás con novia, siempre tienes con quien bailar y eres la envidia de los solteros que se pasan la fiesta estáticos, maldiciéndote desde sus mesas.
Tener novia es tener alguien con quien comer helados y tomar capuchinos después del trabajo, universidad, instituto, etc. Es, desde luego, tener alguien con quien conversar sobre esas millones de cosas bonitas de las que tus amigos suelen burlarse. Con una novia puedes despertarte y sentir, ingenuamente, que nunca más estarás solo. Con una novia puedes pelearte sabiendo que en la reconciliación está el gusto. Yo no tengo novia. Y por todo eso estoy buscando una.
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